
Cabello desmenelado, desordenado y enredado. Piernas desenfrenadas, pulsaciones consternadas y mente enoquecida. El vaso se vacío, el llanto dejo de ser odiado y sí sus causas. Un plato cayó a lo lejos y añicos se hizo. El arroz dejo sus migajas en la garganta y nos hizo toser como inútiles.
El "espléndido" gris que bañaba los días de abril, no desaparecía y, ansiosos, fumando en el alfeizar de la ventana de nuestras recónditas cavernas; esperábamos una bocanada de aire fresco. Aquel lunes, 19 de abril, a las 18:31, las calles estaban regadas de rostros enmudecidos. A las 18:32 un grupo de ancianos recordaban el aspecto de la calle 50 años atrás, dos niños sonreían al imaginar lo que los años les traerían encima; un grupo de madres conmocionadas vituperaban los actos bandálicos de sus hijos.
A las 18:34 pasaron, por aquella manzana,uno, dos y 3 coches que buacaban aparcamiento. Como no, la cola que tras ellos yacía, se dedicaba a realizar una música ruidosa a base de pitonazos. Mientras tanto, un grupo de jóvenes inéditos se refugiaban en una habitación, de un piso, de un edificio de la misma calle; y se dedicaba a liar porros y articular boberías. En el edificio de enfrente un hombre acaba de eyacular y su dama, en la cama, quedó tumbada y enmudecida por un gesto abominable; ella, esta vez, no había disfrutado de la petit mort.
Continuamos fumando liados y sin liar, con aditivos y sin ellos; aquella y tan esperada bocanada de aire no aparecía, o almenos aquella que anhelabamos con un cargamento que nuestros cuerpos pudiera llenar.
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