Los marínibil se despiden, una vez más. Y así, la fiel acompañante de viaje les pide consuelo: ¿y será tal sufrimiento ilusorio? Del calor creamos frío y en él nos tenemos como en el mayor de los infiernos. Como si el silbido del claxon perruno les dirigiera siempre a lo inevitable. Y tal vez, parece que de contradicciones volvemos nuestro mundo demente y perturbado. Evitandolo, siempre, pero retornando a él y, aunque dilatando el circulo; volvemos al punto de partida. Las farolas encenderemos de día y estas apagaremos de noche. Para que las sombras nos persigan aún más, como si de nuestra mascota se tratara. Con el fin de despejarnos de nuestro sentido. Con el deseo de fiaremos de ellas, y cualquier carga hacer despegar.
Buenas tardes
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