El claxón sonó hasta que se quedó sin respiración y la nulidad bañó a la familia marínibil. Por si fuera poco, aquella noche los moradores de los hogares contiguos observaban el cielo como si en zombies se hubieran transformado. La causa no conocían ni aquella querían revocar, dado su desentumecido estado.
No era una noche singular. A las 3:18 el cielo se mostraba encapotado (en su normalidad), dado estas fechas. Y, además, los coches segunderos se oían desde la terraza del 11º piso. Pese al orden, de un momento a otro, todas las familias (no solo las marínibil) se regocijaron en el salón. Coincidieron todos en rodar el televisor y dibujar una chimenea en la pared en la que esta se apoyaba. Una chimenea de esas de anhelo, aquellas del antaño peliculero.
Tras todo ello, decidieron comer juntos y, al no estar acostumbrados; se produjo una respuesta plural que a la inhibición se dirigió. Sin embargo, en el domicilio marínibil, la cabecilla, decidió abrir paso a un recital de poemas libres, en los que cada consanguíneo recitaba un verso. Y daba igual que no tuviera nada que ver, que no tuviera métrica, ni nada que hacer.
¡YO TAMBIÉN QUIERO SER MARÍNIBIL!
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