Los marínibil no han conseguido cambiar el mundo, pues los días transcurren de la misma manera. Así, siguen poniendo los Simpsons, los hermanos pequeños siguen creciendo hasta superar la altura de sus mayores, la monotonía huele a inodoro, Telecinco es una mierda. Los supermercados siguen estando vacíos a las tres y media y llenos a las ocho. Las guaguas siguen siendo impuntuales, las mujeres en eterna dieta y los días de invierno más cortos.
Por si fuera poco, en Canarias, algún domingo que otro de noviembre, llueve. El olor a tierra mojada se evapora y se adentra en nuestros recónditos hogares. Y nada de sonreír al escuchar "olor a tierra mojada", debería denominarse hedor, aunque bien huela. En consecuencia, lo llamaremos cruel hedor, pues nos sume en la melancolía, esa que se esconde bajo los nórdicos de invierno, aquel que queremos compartir solo en esta estación.
Sin lugar a dudas, la melancolía sería de lo mejor que nos podría ocurrir. La fiera rapaz de las sensaciones se denomina, según la RAE, notalgia. Sí, el olor a tierra mojada también nos la genera. No obstante, como cada año, en invierno, huímos de ella cada vez más; cuando la queremos revocar, nos damos cuenta de que lo hemos olvidado casi todo. Es una pena.
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